Ir por la calle en la India es ver a un montón de gente andando, conduciendo, hablando, esperando, pintando, escupiendo, gritando, vendiendo, barriendo, pedaleando, meando, comprando, comiendo, mirando, saludando, gesticulando, vociferando, sonriendo, planchando, cocinando, deambulando, cosiendo, durmiendo, defecando, pocas veces corriendo, tomando té y preparándolo, encerando zapatos, escribiendo a máquina, enhebrando flores, recogiendo heces, subiendo, yendo y viniendo, bajando de autobuses rehumáticos, bicicletas desvencijadas, rickshaws asmáticos, motos ronroneantes, coches variopintos, ciclotaxis pintorescos, roncos camiones, rústicos carros...
India, querida, bellamente caótica, hermosamente esquizofrénica, maravillosamente psicodélica, rabiosamente bonita, fragantemente misteriosa.
India, espera, allá vamos, a zambullirnos en tu gente, en tus aguas, en tu encanto milenario. Allá vamos, a empaparnos de tu espiritualidad, tu histeria, tu loca sabiduría, tu bullicio inverosimilmente ordenado. Allá vamos, despampanante colorida India.